Mi historia

¡Hola! Soy Patri, una chica de 33 años que ha recorrido un largo camino para llegar hasta el día en el que he decidido hablar abiertamente sobre una experiencia que ha marcado mi personalidad, mi entorno y mi vida.

Me considero una persona con mucha suerte; No, no he ganado la lotería ni tengo un coche último modelo, pero lo que sí tengo es una vida plena, libre de trastornos alimentarios, una pareja y una familia a los que adoro.

Sin embargo, no siempre fue así…

Soy la mayor de dos hermanas y el recuerdo de mi infancia me traslada a la época más feliz de mi vida, mientras que a su vez se apodera de mí un sentimiento insaciable de melancolía.

Mis padres siempre se han esforzado en darnos lo mejor aunque ello conllevara trabajar hasta altas horas de la noche. Por dicho motivo, los fines de semana eran momentos mágicos, momentos en los que podíamos disfrutar los unos de los otros. Salíamos de excursión, a cenar a esa multinacional yankee de comida rápida, de paseo con nuestra perrita…

Por otro lado, el recuerdo que tengo de mi persona es el de una niña muy exigente consigo misma. Como estudiante intentaba ser la mejor, como hija mayor intentaba cuidar de mi hermana pequeña cuando mis padres estaban ausentes, como hija intentaba ser responsable en lo que me correspondía. Sé con certeza que en aquel momento el físico y la delgadez no era un tema que me preocupara en absoluto, disfrutaba de cada comida y cada bocado plenamente.

A mis 16 años, un cúmulo de acontecimientos desestabilizaron los cimientos de mi vida llevándose en un suspiro todo aquello que por derecho divino me correspondía.

El verano de mi 16 cumpleaños me marché a cursar 1º de Bachillerato a Estados Unidos. Un mes más tarde, mis padres decidieron separarse inesperadamente. El impacto fue tan fuerte que el privilegio de disfrutar de otra cultura, otra vida y de conocer mundo quedó doblegado. Ese preciso instante fue el pistoletazo de salida hacia el mal sueño que he vivido los últimos 15 años. Supongo que la distancia, la añoranza de los míos, el dolor de una familia rota y la incapacidad de brindarle apoyo emocional a mi hermana me frustraron y pensé que mi vida dejaba de tener sentido. Como niña que era, no supe canalizar todas aquellas emociones, y empecé a obsesionarme con una de las pocas cosas que podía controlar en mi vida, la COMIDA. Quizás si fuera mejor, más lista, más delgada no me encontraría tan sola como me sentía en ese momento. Y entonces mi cabeza hizo clic, pero no para pedir cariño y ayuda sino para convencerme de que no era lo suficientemente buena para merecerlo. De ahí en adelante, comencé a exigirme más y más porque lo que tenía delante era un ser poco valioso.

Perdí peso rápidamente, mi menstruación huyó y los dedos de las manos y los pies parecían cubitos de hielo, y por qué no añadir también el insomnio crónico, los desmayos, la depresión y las autolesiones. Es decir, cuanto más espacio ganaba mi enfermedad, menos quedaba de mí, de mi felicidad y de la persona que un día fui.

A mis 18 años, la situación se volvió insostenible e inicié terapia con un psicólogo, un psiquiatra y una asociación de trastornos de la conducta alimentaria. Todos ellos me guiaron durante un tiempo, sin embargo mi realidad seguía siendo demasiado oscura y sus esfuerzos fueron en vano. En lo más profundo de mí yacía la errónea creencia de que era merecedora de aquel castigo.

El inconformismo que sentía con mi vida me llevó a retomar mis estudios y alejarme de mi familia, me marché lejos para que nadie pudiera observar cómo aquella enfermedad me estaba quitando la vida. Aprendí a convivir con ella y la acepté como parte de una penitencia.

Los años pasaron y el dolor se intensificó de tal manera que para poder sobrellevarlo ocupaba mi mente en tropecientas mil cosas, infeliz, con secuelas como la depresión, niveles de ansiedad extremos e insomnio. Cambié de residencia y de trabajo en multitud de ocasiones, con la convicción de que empezar de nuevo en otro lugar, rodeada de personas diferentes podría cambiar la tristeza interior que me estaba consumiendo. Estaba tan cegada y tan agobiada que creí que huir de mí misma y mis problemas era la única solución factible.

Hasta que llegó el día en que toqué fondo y gracias a la ayuda de mi familia fui capaz de exteriorizar el infierno que estaba viviendo. Abrí los ojos y comprendí que ya era suficiente, no más autocompasión, resignación ni tristeza, debía luchar con coraje por una vida mejor, por aceptarme, quererme y ser libre. ¡Qué bien debía saber la libertad!

No os voy a decir que el proceso haya sido fácil, pero sí lo mejor que he hecho en mi vida, he vuelto a nacer y tengo ante mí un mundo lleno de posibilidades y miles de cosas que descubrir.

El recorrido es largo, con subidas y bajadas pero es un camino que uno mismo debe afrontar y tomarlo con paciencia porque únicamente te puede llevar a un lugar mejor que en el que estás.

Quiero agradecer a todas y cada una de las personas que de un modo u otro me han tendido una mano y me han apoyado incondicionalmente cuando ni siquiera yo creía en mí.

Piensa en ello como un viaje intrigante en el que tendrás que sacar fuerzas cuando no las haya para reencontrarte contigo misma al final del camino.

Y recuerda…

“El amor es la fuerza más humilde pero la más poderosa de que dispone el ser humano” (Mahatma Ghandi)

Así que quiérete, quiérete mucho y permite que los demás te quieran, te lo mereces.

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